Ella estaba fuera, como cada día, esperándole en el jardín. Ella con el brillo en su mirada causada por la alegría de verle llegar tras su jornada laboral. El la mirada dividida entre la alegría que provocaba su presencia en ella y la tristeza que le causaba desde hacía dos años volver a entrar con ella en esa casa.
Ambos entraron juntos y tras ellos la puerta se cerró. Como cada noche ella se encaminó hacia la cocina y él lo hizo hacia el salón. Los hombros de él abatidos como aquel que acata el destino que la vida le ha impuesto sin ni siquiera intentar relevarse. No ha llegado aún hasta el sofá cuando ella le reclama desde la cocina. Y como cada noche hacia allí dirige sus pasos para completar la primera parte del ritual. ‘Ya voy’ mientras coge el cuenco del suelo y lo llena de agua. Ella agita su cola mientras espera una caricia que premie las horas de soledad que pasa a diario mientras él está trabajando. Y él satisface esa básica necesidad de ella casi sin percatarse de hacerlo, al tiempo que coloca el cuenco de nuevo en el suelo. Los dos están solos.
Puesto que está en la cocina la inercia le lleva a abrir la nevera y buscar algo que cenar. Es un gesto mecánico, casi hecho con desgana. Sin embargo el contenido de la nevera no es el de una persona que se alimenta por subsistir. Frutas, verduras, lácteos, vino y una dorada. De la nevera saca el pescado que coloca sobre la bandeja del horno. Lo adereza con limón y sal y lo mete dentro, al tiempo que lo pone en marcha. De nuevo abre la nevera y saca una berenjena, un calabacín y una cebolla. Saca la tabla de madera y corta a dados hábilmente las tres cosas. Prepara una sartén con un poco de aceite y al minuto echa las hortalizas. Mientras se rehogan se sirve un vaso de vino blanco, no podía ser de otra manera. Bebe un sorbo y sale hacia el salón, ella le sigue, y él enciende la tele. Se sienta en el borde del sofá tras coger un posavasos de un cajón. Deja,tras beber otro sorbo, sobre él la copa de vino y se dirige de nuevo hacia la cocina. Allí da otra vuelta al salteado y mira el horno. Ya casi está.
Ella conocedora del ritual espera en el salón. El aparece con un plato correctamente presentado. Sería el perfecto anfitrión...si no fuera porque no puede entrar nadie en su casa...nadie que no haya formado parte de su vida en esa casa con Lidia.
A veces se lamenta y hasta intenta rebelarse contra ese duelo que él mismo se ha impuesto. Pero eso sólo pasa cuando no está en casa. En casa aún vive con Lidia, con su recuerdo. Fotos por doquier la mantienen viva, su ropa aún colgada en el armario y hasta el baño contiene su frasco de perfume. Pobre Lidia! ¿Cómo olvidarla cuando sonreía mientras estaban solos y le miraba con esos ojos que emanaban tranquilidad?¿Cómo olvidar la capacidad que tenía para hacer que todos a su alrededor se sintieran cómodos?¿Cómo permitir que cayera en el olvido? Y mientras cenaba, cada día, con la misma forma metódica que empleaba en todos sus movimientos y actos, la devolvía a la vida para él....o era para ella?
Una vez leyó en un libro que la gente que muere sigue viva mientras alguien les recuerda. Y él no quería dejar que ella se fuera para siempre. No podía aceptar que la muerte se la llevara sin él hacer nada para evitarlo. Aunque sólo fuera una retención no real, un mantenimiento en el que había encontrado aliados. Seguía yendo cada semana a casa de su suegra y salía sólo con las parejas con las que salía entonces. Y ni un sólo día pasaba en que en esos encuentros la imagen de Lidia no llegara porque alguno de ellos la verbalizara. No. Lidia no moriría nunca del todo. Lidia seguiría viva porque él sacrificaría toda su vida por la de ella. Porque un día se juraron amor eterno ante Dios, porque dijeron que seguirían juntos hasta que la muerte les separara...y él le dijo que ni siquiera eso les alejaría. Se lo juró ante Dios y se lo prometió esa primera noche tras amarse en sábanas blancas. Y él jamás incumplía una promesa.
Sin embargo, desde hacía un par de meses, todo ese mundo estanco, seguro y metódico, estaba en peligro. A través de esa red llamada Facebook había sido encontrado por una amiga de tiempos del instituto. Y sin ninguna intención más allá que la curiosidad de saber qué había sido de ella en estos casi treinta años contestó a la invitación que ella le hizo inmediatamente. Y unas horas más tarde ya estaban hablando atropelladamente por teléfono...pero cómo contarle a ella lo que había pasado...cómo decirle a su inocente pregunta de ‘¿tienes pareja?’ algo más que un ‘Nos vemos un día y te lo cuento tomando un café’. Esa noche al llegar a casa le costó encontrar esa harmonía que le caracterizaba. Y dos días más tarde, mientras tomaban café, volvió a sentirse como cuando tenía 16 años, porque hay algo que no debemos olvidar, aquellos fueron a fecha de hoy, los mejores momentos de nuestras vidas. Pero no mejores en calidad sino por la riqueza en sueños, ilusiones, despertares....Y volver a soñar, volver a sentir el despertar de la piel, la ilusión de una llamada....es sentirse vivo. Y sentirse vivo es una gran tentación incluso para alguien que prometió mantener a alguien eternamente viva.
Ambos entraron juntos y tras ellos la puerta se cerró. Como cada noche ella se encaminó hacia la cocina y él lo hizo hacia el salón. Los hombros de él abatidos como aquel que acata el destino que la vida le ha impuesto sin ni siquiera intentar relevarse. No ha llegado aún hasta el sofá cuando ella le reclama desde la cocina. Y como cada noche hacia allí dirige sus pasos para completar la primera parte del ritual. ‘Ya voy’ mientras coge el cuenco del suelo y lo llena de agua. Ella agita su cola mientras espera una caricia que premie las horas de soledad que pasa a diario mientras él está trabajando. Y él satisface esa básica necesidad de ella casi sin percatarse de hacerlo, al tiempo que coloca el cuenco de nuevo en el suelo. Los dos están solos.
Puesto que está en la cocina la inercia le lleva a abrir la nevera y buscar algo que cenar. Es un gesto mecánico, casi hecho con desgana. Sin embargo el contenido de la nevera no es el de una persona que se alimenta por subsistir. Frutas, verduras, lácteos, vino y una dorada. De la nevera saca el pescado que coloca sobre la bandeja del horno. Lo adereza con limón y sal y lo mete dentro, al tiempo que lo pone en marcha. De nuevo abre la nevera y saca una berenjena, un calabacín y una cebolla. Saca la tabla de madera y corta a dados hábilmente las tres cosas. Prepara una sartén con un poco de aceite y al minuto echa las hortalizas. Mientras se rehogan se sirve un vaso de vino blanco, no podía ser de otra manera. Bebe un sorbo y sale hacia el salón, ella le sigue, y él enciende la tele. Se sienta en el borde del sofá tras coger un posavasos de un cajón. Deja,tras beber otro sorbo, sobre él la copa de vino y se dirige de nuevo hacia la cocina. Allí da otra vuelta al salteado y mira el horno. Ya casi está.
Ella conocedora del ritual espera en el salón. El aparece con un plato correctamente presentado. Sería el perfecto anfitrión...si no fuera porque no puede entrar nadie en su casa...nadie que no haya formado parte de su vida en esa casa con Lidia.
A veces se lamenta y hasta intenta rebelarse contra ese duelo que él mismo se ha impuesto. Pero eso sólo pasa cuando no está en casa. En casa aún vive con Lidia, con su recuerdo. Fotos por doquier la mantienen viva, su ropa aún colgada en el armario y hasta el baño contiene su frasco de perfume. Pobre Lidia! ¿Cómo olvidarla cuando sonreía mientras estaban solos y le miraba con esos ojos que emanaban tranquilidad?¿Cómo olvidar la capacidad que tenía para hacer que todos a su alrededor se sintieran cómodos?¿Cómo permitir que cayera en el olvido? Y mientras cenaba, cada día, con la misma forma metódica que empleaba en todos sus movimientos y actos, la devolvía a la vida para él....o era para ella?
Una vez leyó en un libro que la gente que muere sigue viva mientras alguien les recuerda. Y él no quería dejar que ella se fuera para siempre. No podía aceptar que la muerte se la llevara sin él hacer nada para evitarlo. Aunque sólo fuera una retención no real, un mantenimiento en el que había encontrado aliados. Seguía yendo cada semana a casa de su suegra y salía sólo con las parejas con las que salía entonces. Y ni un sólo día pasaba en que en esos encuentros la imagen de Lidia no llegara porque alguno de ellos la verbalizara. No. Lidia no moriría nunca del todo. Lidia seguiría viva porque él sacrificaría toda su vida por la de ella. Porque un día se juraron amor eterno ante Dios, porque dijeron que seguirían juntos hasta que la muerte les separara...y él le dijo que ni siquiera eso les alejaría. Se lo juró ante Dios y se lo prometió esa primera noche tras amarse en sábanas blancas. Y él jamás incumplía una promesa.
Sin embargo, desde hacía un par de meses, todo ese mundo estanco, seguro y metódico, estaba en peligro. A través de esa red llamada Facebook había sido encontrado por una amiga de tiempos del instituto. Y sin ninguna intención más allá que la curiosidad de saber qué había sido de ella en estos casi treinta años contestó a la invitación que ella le hizo inmediatamente. Y unas horas más tarde ya estaban hablando atropelladamente por teléfono...pero cómo contarle a ella lo que había pasado...cómo decirle a su inocente pregunta de ‘¿tienes pareja?’ algo más que un ‘Nos vemos un día y te lo cuento tomando un café’. Esa noche al llegar a casa le costó encontrar esa harmonía que le caracterizaba. Y dos días más tarde, mientras tomaban café, volvió a sentirse como cuando tenía 16 años, porque hay algo que no debemos olvidar, aquellos fueron a fecha de hoy, los mejores momentos de nuestras vidas. Pero no mejores en calidad sino por la riqueza en sueños, ilusiones, despertares....Y volver a soñar, volver a sentir el despertar de la piel, la ilusión de una llamada....es sentirse vivo. Y sentirse vivo es una gran tentación incluso para alguien que prometió mantener a alguien eternamente viva.
Rosana 'Llegaremos a tiempo'
No te quedes aguardando a que pinte la ocasión,
que la vida son dos trazos y un borrón....